Hola amigos del blog!! Si acaso pensabais que hoy faltaría a mi cita porque había hecho huelga, estáis muy equivocados... siempre he sido de esos a los que no les gusta que le digan lo que tiene que hacer.
No voy a entrar en cuestiones políticas sobre la utilidad de la huelga y las consecuencias que ésta tendrá para la mayoría de los trabajadores. Eso sí, no entiendo muy bien que la forma de apoyar a los proletarios sea no dejarles ganar el pan de cada día. O que la lucha por la libertad del trabajador sea la de impedir que cada una obre según sus propias consecuencias... En fin, ya veremos en qué acaba esto, pero de momento, alguien ha tenido que pagar a cerrajeros para quitar los palillos de la puerta de su negocio o ha tenido que cerrar de manera forzada por aquellos que “le defienden”.
Pero bueno, dejemos que estas cuestiones las intenten solucionar aquellos que “trabajan” para ello.
Hoy me gustaría contaros algo que siempre me ha generado dudas. Es una situación muy habitual en nuestra vida diaria, y que por mucho que sea cotidiano no deja de sorprenderme cada vez que ocurre... aproximadamente cada mes, más o menos.
Esto ocurre cada cuando vamos a echar gasolina a nuestro coche (o gasóil a quien corresponda). Y no me voy a referir al hecho de que los chicos vayamos a echar gasolina a la gasolinera en la que se encuentra la empleada más “rebonica”, que eso es normal.
El problema se da cuando paramos frente al surtidor en cuestión. Lo primero que se debería hacer es dejar bien claro si esa gasolinera es, o no, autoservicio, ya que nunca sabes si tienes que esperar. Normalmente se deja pasar un tiempo prudencial, y cuando ves que no sale nadie dices... “bueno, echaré yo”. Es ese instante el indicado para que salga el gasolinero/a y tu te quedes con cara de tonto diciendo... “no te preocupes, que ya lo hago yo...”.
Pero no es eso lo que ataca a mi curiosidad. Es algo peor que todavía no he logrado entender. No es otra cosa que saber por qué todos los empleados de gasolineras se empeñan en poner un precio exacto cuando llenas el depósito... ¡Leche!, ¡que ahora paga todo el mundo con tarjeta!, ¡qué más dará si me cuesta 50 euros justos que 50,2! Pues nada, que les da igual. Tu le dices “lleno, por favor”, y al final, cuando ya ha saltado la especie de pistola láser esa con la que se echa la gasolina, empiezan a apretar poco a poco hasta que lo dejan en un precio clavado.
Y lo malo de todo eso es que debe ser contagioso. Cuando te toca a ti hacerlo haces exactamente lo mismo. Salta el gatillo y se queda en 49,70 euros, por lo que empiezas a apretar poco a poco: 49,72, 49,77, 49,85, 49,90, 49,93, 49,97 y por fin... 50,2. Definitivamente, a mí me parece imposible ajustarlo en un precio exacto, pero lo seguiré intentando.
Nada más por estos mares...
