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viernes, 17 de septiembre de 2010

NARANJA´S WORLD

Luisito era una naranja que vivía en uno de los extensos campos de Valencia. Allí habitaba en la rama de un naranjo junto a su madre Juver y su padre, al que por su magnífico tamaño y color, todos llamaban Don Simón. Sus dos vecinos habían llegado de lejos: Minute Maid, proveniente de las elegantes tierras inglesas, y el siempre dicharachero Granini, una naranja italiana que tenía a todas las féminas revolucionadas por su dulzura.

En la rama de abajo se encontraba Clementina, de mucho menor tamaño que todas las demás (los malos gajos la acusaban de provenir de una relación injertuosa). Cuando la noche caía, muchas de las naranjas que completaban el ramaje le gritaban: “¡¡Clementinaaaaa, naranja o mandarinaaaaa!!”.

A Luisito esto le hacía gracia, no en vano él provenía de una familia naranjil realmente importante. Cuenta la leyenda que un antepasado suyo gozaba de tal porte y color que hicieron de él una escultura de cera para el mismísimo Palacio Real. Y es que de todo el mundo era sabida la afición de Su Majestad por las frutas.

Los padres de Luisito también eran la envidia de todo el plantel. Los dos habían logrado aguantar tres recolecciones, lo cual era un récord prácticamente mundial, sólo superado por la leyenda del matrimonio americano Whashington-Thompson, allá por 1862, según la cual habrían estado juntos en el árbol más de 5 años (aunque fuera este último narantrimonio el que figuraba en la Hoja Orange de los Récords, nadie se lo acaba de creer).

Durante toda su infancia Luisito se había preocupado por crecer fuerte y sano. Tomaba sus horas de sol correspondientes y bebía agua con frecuencia, en alguna ocasión, incluso, en exceso, lo que le supuso una buena bronca de sus padres y una resaca de “raíces”. A pesar de todo había logrado llegar a ser una de las naranjas más fuertes y lustrosas de toda la rama. Bien es cierto, que algo tenía que ver también la herencia paterna, ya que Don Simón gozaba de unas pepitas de auténtica calidad.

Con todo esto, Luisito se había hecho ya toda una naranja, pero casi sin haberse dado cuenta llegó el mes de enero, momento de la recolección. Era inevitable en esos momentos pensar en el futuro. A Luisito le gustaría acabar como sus padres, con un par de años más en el árbol junto a una buena naranja de mesa, que tenían fama de limpias y hogareñas; o como su antepasado, en la corte real, con las reverencias y el respeto de todo el mundo; pero la inmigración estaba haciendo estragos y eran muy pocas las naranjas españolas las que conseguían hacerse un hueco a tan altos niveles... es lo que tiene la globalización y el no haber aprendido idiomas. (Continuará...)

5 comentarios:

  1. Me da pena decirlo, pero a mi me gusta mucho el zumo de naranja...
    Pero eso si, aunque yo no soy muy amiga de nuestros vecinos, las mejores naranjas son las suyas.

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  2. A mí también me gusta el zumo de naranja!! Ahora, que las mejores naranjas estén en Valencia... habrá que preguntárselo a Luisito, ja ja.

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  3. ay ay ay, pobre Luisito, q me veo venir el final.

    Indulto naranjil ya!!

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  4. Me encuentro ansioso de leer el próximo capítulo de esta apasionante historia. ¿Es mucho pedir o podríamos ponerle rostro a Luisito?

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