Aquella mañana se había levantado algo fresca. A Luisito se le estaban pegando las hojas un poco más de lo normal. La noche anterior había estado hablando hasta tarde con Clementina y ahora notaba las pocas horas de sueño. Sólo los rayos de la Gran Naranja, que rozaban suavemente su piel, le hacía despertar. Cogió dos gotas de rocío con las que acabar de desperezarse y se quitó los pulgones para estar perfecto.
“¡Luisito!, limpiate bien”- le gritó doña Juver. Sus padres siempre habían madrugado mucho. Eran frutas de desayuno, mientras que Luisito siempre había preferido la nocturnidad de la cena, por lo que le costaba más despertarse. “Ya sabes que si no te restriegas bien te saldrá piel de naranja”- le continuó diciendo doña Júver.
Después de un rato de trasiego por fin estaba perfecto. La Gran Naranja lucía ya con esplendor en lo alto del cielo dando un poco de calor a la invernal mañana, y Luisito se disponía a permanecer en su rama lo más llamativo posible. Fue en ese momento cuando se escuchó el primer motor.
El grave sonido de aquella máquina de hierro no traía nada bueno. El año pasado, según Don Simón, supuso la baja de miles de naranjas.
Luisito se dio cuenta: era el día de la recolección. El zumo comenzó a correrle por la piel, sin poder ocultar el temor del momento. No pasaba tanto miedo desde aquellas juveniles noches en las que sus padres le asustaban con la llegada del “Exprimidor del saco”, terror de todas las pequeñas naranjitas, que se veían ya exprimidas para ser zumo sin azúcar.
Entre las hojas de los naranjales Luisito pudo ver a los humanos. Eran al menos seis. Todos ellos llevaban grandes sacos. Era la imagen más parecida a aquel Exprimidor de miedos juveniles. No se les veía la cara, pues iban tapados con unas máscaras que les protegían del frío. El azul era el color de su vestimenta, y unas pequeñas tijeras colgaban de sus cinturones, seguramente la guillotina que les separara la cabeza de la rama.
Todos los hombres se reunieron junto a uno de ellos que parecía ser el jefe. Éste hizo unas señales distribuyendo a todo el personal. Se hizo el silencio en todo el plantel, sólo roto por un seco “clack” que no era nada alentador. “No te muevas, estate lo más quieto posible”-le dijo a Luisito Don Simón. Eso hizo. Mientras tanto, los hombres se acercaban cada vez más. Ya podía ver como los sacos se iban llenando poco a poco. Un par de hileras era lo que le separaba del saco o de un año más en el ramal.
Luisito dejó de respirar. Pensó que si conseguía ponerse lo suficientemente rojo igual, por la falta de oxígeno, lo confundían con una manzana y no le recolectaban. Aquel enmascarado se acercaba ya a su árbol. Los andares del humano se notaban incómodos por la humedad y lo arenoso del terreno. Miró todo el árbol. Luisito estaba cada vez más y más rojo. El primero en caer en el saco fue Minute. “Esta es muy pequeña”, dijo el humano cuando miró a Clementina. “Y éstas seguro que ya están secas”-volvió a decir al ver a doña Juver y don Simón. Giró por el árbol para mirar la parte de atrás, instante que Luisito aprovechó para tomar un poco de aire. “¡Qué manzana más curiosa! Está roja roja...” escuchó Luisito por detrás. “Al saco”. Notó como la retorcían de la rama para arrancarla. Sus pepitas latían de manera revolucionada. No pudo defenderse. “Adiós papá. Mamá, intentaré volver”-gritó Luisito mientras caía al interior del saco. Sus padres, soltaban las pocas gotas de zumo que les quedaban.
-¿Luisito?
-¿Sí?
-Soy Minute, estoy debajo de tí.
Luisito se movió un poco para hacer hueco. Efectivamente era Minute.
-¿Sabes dónde nos llevan?- preguntó Minute.
-No Minute, no lo sé.
(Continuará...)
Dios mío, esta historia me va a matar. Que emocionante final, y ese repetido y repetido "Continuará" que me saca de mis casillas!. Esto tiene toda la pinta de serial radiofónico de posguerra o de un Cuéntame Naranjil.
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