Permitidme que aplace hoy mi serie de Naranja´s World, pero es que mis dedos se han alargado tanto que me es imposible pelar una naranja como se debería. Hoy me limitaré a leer La Trece Rue del Percebe que es muchísimo más divertida. Al fin y al cabo no es más que un bloque de pisos en el que los vecinos no tienen nada que ver el uno con el otro y no llegan a ningún acuerdo en las reuniones mensuales que realizan en el rellano de la escalera.
Recomiendo esta serie “tebeística” a todos los aficionados al buen humor. En realidad todos viven en su piso y ninguno se entera de lo que pasa en el piso de al lado, pero es que tampoco les interesa. Eso sí, siempre se quejan. Demasiado tienen todos con lo que ocurre en su casa, que no es poco.
Tenemos aquí vecinos y gente de toda clase y condición en el que los menos pensados se aúnan para poner el ascensor tan necesario para que “el subversivo de arriba” pague sus facturas. De vez en cuando algunos de sus vecinos le llaman a la puerta pero convencerle... pocas veces lo han conseguido.
El modisto de abajo, por su parte, tiene una situación aún más complicada. Sin telas de calidad siempre tiene que estar haciendo trajes a medida a los que la gente no hace nada más que ponerles pegas. Y mira que lo intenta el hombre, pero cuando es imposible, es imposible.
En el cuarto vive una madre con sus hijos. Eso siempre es una relación imposible. Viven juntos porque no les queda más remedio. Al fin y al cabo, es ley de vida. Durante un tiempo compartirán casa, pero cuando menos se lo esperen, los hijos saldrán volando del hogar para hacer su vida aparte. Siempre es una relación de amor odio.
Tampoco lo tiene fácil el veterinario, que cada día tiene que “torear” con nuevos animales a los que les ocurren problemas inesperados: serpientes, vampiros chupasangre... que tienen difícil solución médica...
En el primero tenemos a los del alquiler, normalmente estudiantes y de los denominados “culturetas”. Aunque hacen lo posible para que les dejen vivir en el piso, siempre lo tienen complicado. La dueña, una mujer grande y gruesa, no hace nada más que ponerles trabas y nunca consiguen nada. Eso sí, jamás dejan de intentarlo.
En el piso de abajo está la tienda. El único terrateniente del edificio, que intenta vender sus productos pero que no consigue nada. Tampoco es raro, ya que todo lo que vende, o está malo o rancio, así que no consigue nunca hacerse valer. Igual es que no se lo merece.
Y todo el bloque sin presidente... Qué descontrol. Mientras tanto, el pobre Rompetechos siempre paseando por la calle... Entre poco que ve, y menos que se entera. A su manera es feliz.
Nada más por estos mares... revueltos.
Nada más por estos mares... revueltos.

