Luisito se despertó. Le parecía que había estado durmiendo en ese saco más de una semana. Seguían igual de apretados. No pensaba que en aquella bolsa pudieran caber tantas naranjas.
El camino que estaban recorriendo debía ser muy sinuoso, ya que eran muchas ocasiones en las que los sacos se movían con bastante fuerza.
Luisito estaba preocupado por Minute. Desde que habían sido recogidos del árbol no había dicho ni una sola palabra.
“Poco se puede hacer”, pensaba Luisito para sí mismo. Su ánimo decaía por momentos. De pronto notó un golpe muy fuerte que hizo que se moviera el saco completo y que cayera de golpe contra el suelo del camión. Por fortuna no estaba herido. Una pequeña fractura en alguno de sus gajos podría provocar una gran perdida de zumo y quedarse sin ninguna fuerza.
Notaba como el saco seguía moviéndose. Todas las naranjas se movían en el interior de un lado para otro llevadas por una fuerza desconocida. Parecía que estaban rodando. De pronto todo paro. Era una extraña sensación que nunca había notado. En ese momento le hubiera gustado tener al lado a Juver Jiménez, una naranja de su plantel que siempre se había caracterizado por el estudio de situaciones extrañas.
“¿Qué ha sido eso?” dijo Minute. “No lo sé”, respondió Luisito. “¿Qué tal estás?”. “Nervioso”, respondió la naranja inglesa.
Luisito seguía pensando en cuál de los dos sitios de la leyenda de los limones acabarían cuando volvió a llegar un brusco movimiento. Esta vez era aún más fuerte. Todas las naranjas comenzaron a moverse de un lado para otro sin control. Luisito había perdido de vista a Minute. Los impactos dentro del saco eran continuos hasta que todo se paró de repente para un segundo después notar el mayor de todos los golpes hasta el momento.
El saco se había abierto. Luisito notó los rayos del sol desde el exterior y se atrevió a salir. Al parecer el golpe les había tirado del camión y los había dejado en mitad de un paisaje que no conocían. Luisito miró a su alrededor. Quería saber si había cerca algún plantel de naranjas con las que poder hablar y saber dónde se encontraban.
Fue en ese instante cuando el sonido de un motor llegó hasta los poros de Luisito. Cada vez se acercaba más y no tenían tiempo de esconderse. Todas las naranjas cerraron los ojos pensando que si ellos no los veían tampoco les verían a ellos. Pero no fue así:
“Mira que suelte, papa, un saco lleno de naraaanjas”. “Échalo al camión Rafael, que estas nos salen gratis. To ganancias”.
Así lo hizo el chico. Recogió todas las naranjas que tras el golpe habían salido del saco y las subió al camión. A otro camión.
A Luisito le volvieron a surgir las mismas dudas que hace un momento. La suerte les había abandonado y se encontraban en el mismo punto que hasta hacía un momento.
Mientras tanto, el camión de frutas Gabarre seguía su camino hacia Teruel...
ay ay ay, que no vuelvo a comer naranjas en Teruel hasta que no se resuelva esta situación!!
ResponderEliminar